lunes, 5 de diciembre de 2011

Isabel la Católica (3. Reina de Castilla)


Las noticias de la muerte del rey Enrique IV el 11 de diciembre de 1474 vuelan de Madrid a Segovia, traídas por los mensajeros, el contador Rodrigo de Ulloa y Garci Fernández, testigos presenciales del óbito.  Sin perder tiempo, los partidarios de Isabel se entregaron a una febril actividad política. Actuando rápidamente y sin esperar a que estuviesen presentes los grandes del reino, organizan la proclamación  de Isabel como reina de Castilla en la Plaza Mayor de Segovia. Era el 13 de diciembre de 1474.

La proclamación, contra lo que cuentan los cronicones, no fue  un acto muy lucido. Los mandatarios de Isabel, Quintanilla y Diaz de Alcocer, requirieron al concejo segoviano para que, ante la muerte del rey sin legítimo heredero, reconociera a su hermanastra como reina y señora natural de Castilla. Estaban presentes el corregidor de la ciudad, Diego de Avellaneda y nueve regidores, la mitad de la corporación, cuyos nombres se conocen en virtud del acta que se conserva en el Archivo Municipal de Segovia[1].

Al día siguiente, 14 de diciembre, tuvo lugar el acto público de la proclamación al que asistieron el nuncio del Papa, algunos caballeros y nobles, representantes del clero y gran número de hombres y mujeres. No estuvo presente el obispo de Segovia, Arias Dávila. En este acto Isabel  prometió y juró públicamente cuanto tenía que jurar y prometer conforme a la  costumbre del reino. Seguidamente los reyes de armas dieron los gritos preceptivos “Castilla, Castilla, Castilla por la muy alta e muy poderosa princesa reina e señora nuestra, señora la reina doña Isabel, e por el muy alto e muy poderoso príncipe, rey e señor nuestro, señor el rey don Fernando, como su legítimo marido”. En estas maquinaciones para la toma del poder parece que jugó un papel relevante el alcaide del Alcázar, Andrés Cabrera[2], casado con Beatriz de Bobadilla, compañera de infancia de Isabel.

En días posteriores  llegaron a Segovia el condestable y almirante de Castilla, los duques de Alba y Alburquerque, el conde de Benavente, el arzobispo Carrillo y el cardenal Mendoza que había acompañado el cadáver del rey difunto hasta su lugar de enterramiento en el monasterio de Guadalupe.

Los sucesos de Segovia -hechos consumados que colocaba a nobles y ciudades en la tesitura de reconocer el nuevo poder u oponerse a él- se comunicaron rápidamente a Valladolid y a otras ciudades, donde se reprodujeron los actos de reconocimiento y proclamación, salvo en Madrid, leal a la reina Juana y  a su hija, y Plasencia feudo de los Stuñiga, una de las familias más favorecidas con las mercedes de Enrique IV.[3].

La autoproclamación de Segovia suscitó  de inmediato una triple oposición: la de los bandos señoriales opuestos a toda consolidación del poder real que afectara sus intereses; la de Portugal que no veía con buenos ojos la formación  de un eje Castilla-Aragón  hegemónico en la Península... y la de su propio marido, Fernando, reducido a la nada grata condición de rey consorte cuando pensaba que tenía derechos superiores por ser el heredero varón  más directo de la casa de Trastamara  [4].


Entre dudas y recelos, alentadas por sus consejeros y por los mensajes que iba recibiendo sobre los sucesos de Segovia, Fernando sale de Zaragoza y se encamina lentamente hacia la capital castellana, donde un grupo de “grandes”, (el condestable de Castilla, el almirante Enríquez, el conde de Benavente  y el cardenal  Mendoza) habían puesto en pie una especie de Liga de apoyo a Isabel y Fernando en los términos de la proclamación: “todos nosotros estamos conformes para hacer de seguir y servir  a la Reina nuestra Señora doña Isabel como reina y señora natural nuestra e de aquestos reinos, con el rey don Fernando su legítimo marido”.
La extrañeza se apodera de Fernando cuando se entera de que en el día de su proclamación, Isabel se había hecho preceder de un cortesano portador de la espada, símbolo de la Justicia, tenido como varonil atributo y reservado a él mismo por las capitulaciones de Cervera.

Días de “reserva y queja”, dicen los cronistas,  fueron los que siguieron en el  itinerario de Calatayud a Segovia, seguido por Fernando, hasta que los esposos se encontraron finalmente en la capital castellana el 2 de enero de 1475. Lo que sucedió en la intimidad entre ellos, lógicamente,  no lo sabemos pero si sus consecuencias favorables a la solución de la crisis. Y ello sería el Acuerdo para la gobernación del Reino, especie de “sentencia arbitral”, en la línea de las capitulaciones de Cervera (7 de enero de 1469),  al que llegaron los dos representantes de ambas partes: el cardenal Mendoza por Isabel y el arzobispo Carrillo por Fernando y que se conoce con el nombre de Concordia de Segovia de fecha 15 de enero de 1475.[5]

En virtud de estos acuerdos, Fernando vería reconocido su derecho a intervenir en la Justicia del Reino (estando juntos la administrarían conjuntamente y, separados, cada cual lo haría con plena potestad) y salvadas las apariencias, de forma que en la documentación oficial (cartas, pregones), monedas y sellos,  su nombre aparecería primero, si bien las armas de Castilla (el águila de San Juan y el haz de flechas) se antepondrían a las de Aragón (el yugo con el nudo gordiano). En todo lo demás- nombramiento de cargos, tenencias de fortalezas, provisión de sedes vacantes, concesión de mercedes- todo ello quedaría  bajo el poder de Isabel como reina propietaria, así como la obtención de rentas ordinarias del Reino[6].

Solución inteligente, porque los derechos y prerrogativas de Isabel quedaban incólumes, pero recibiendo Fernando poderes lo suficientemente amplios para sentirse y actuar como rey de Castilla. No es de extrañar que los panegiristas del reinado escribieran aquello de que “una sola voluntad moraba en dos cuerpos”, (nada que ver con el MONTA TANTO que era un lema únicamente del rey Fernando, ideado al parecer por Antonio de Nebrija como comentario al yugo  y al nudo que figuran  en las armas del Rey Católico[7] .

Apenas quince días después de firmados los acuerdos de Segovia, el 2 de febrero de 1475, una carta circular dirigida a todas las ciudades del reino, disponía que, en adelante, los moradores en los reinos de la Corona de Aragón serían tratados como si fueren naturales de los reinos de Castilla y León y el 28 de abril del mismo año Isabel entregó a su marido otro documento en que, sin renunciar a ellos, le delegaba sus poderes, de forma tan plena  que estando ella ausente o presente, pudiera ejercer Fernando todas aquellas funciones que pertenecían al poderío real.

Quizás debiéramos finalizar esta entrega trazando un retrato de como eran Isabel y Fernando al comienzo de su fructífero reinado. Por las descripciones de sus contemporáneos y los retratos que de ella se conservan, podemos decir que Isabel  era de mediana estatura, graciosa presencia, blanca y rubia, de ojos claros entre azules y verdes, mirada franca, expresión serena y casi alegre. Era de inteligencia despierta y de gran fortaleza de ánimo, estaba dotada de una viva sensibilidad y de una gran curiosidad. La virtud que más apreciaba en sus súbditos era la lealtad.

En cuanto a las costumbres era muy religiosa, robustecida su conciencia por los confesores[8], de piedad firme y sincera, muy limosnera, modesta en el vestir, compatible con el lujo. No bebía vino, solamente agua y era morigerada en sus alimentos. Mostró especial interés por los libros, llegando a reunir una importante biblioteca de más de cuatrocientos títulos repartidos entre las distintas bibliotecas reales (con abundancia de  libros religiosos). Sentía repulsión hacia los juegos de azar y aborrecía los espectáculos crueles como las fiestas de toros.

Fernando, su esposo, era hombre de mediana estatura, modesto en el vestir aunque usaba paños de gran calidad y mejor factura, moreno y de barba espesa. Le gustaba la caza, las justas y los juegos de azar. Ambos eran distintos pero se complementaban y aunque abundaron por parte de él las infidelidades, algo que iba en las costumbres de la época (para los varones), nunca se faltaron al respeto y se guardaron siempre entre ellos la consideración debida.

 (continuará)

© Manuel Martínez Bargueño
Diciembre, 2011

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Gracias. Manuelblas

 


NOTAS

[1]Fueron estos: Juan de Contreras, Rodrigo de Peñalosa, Alfonso González de la Hoz, Juan de Samaniego, Diego Alvites y Gonzalo Rodríguez del Río, del estado de los caballeros y escuderos y Rodrigo de Tordesillas, Diego de Mesa y Gonzalo López de Cuellar, del estado de los hombres buenos.

[2]Manuel González Herrero. “La proclamación de Isabel la Católica como reina de Castilla” en Revista Cultural de Ávila, Segovia y Salamanca, febrero de 2004.

[3]A Stuñiga le habían sido donadas las rentas de Arévalo, donde moraba la madre de la reina, doña Isabel.

[4]Joseph Perez  “El asalto al poder. Isabel la Católica en el trono de Castilla” Historia 16 . Nº 150 Octubre 1988.

[5]La Concordia de Segovia será confirmada y ampliada  el 28 de abril de 1475 en el momento de iniciarse la guerra con Portugal.

[6]Las rentas ordinarias de Castilla corresponderían a Isabel pero de todo aquel dinero que no estuviese asignado ya a oficios o instituciones, daría cuenta Isabel a su marido para que, juntos decidiesen donde invertirlo; lo mismo haría Fernando con las rentas correspondientes a la Corona de Aragón (Luis Suarez “Isabel la Católica. Isabel I reina) ob. cit. Pág.109.

[7]Se trata del recuerdo erudito de la leyenda contada por el historiador Quinto Curcio: al llegar Alejandro a Gordio, le enseñaron en un templo el yugo atado por un nudo muy intrincado y le dijeron que el que fuera capaz de desatarlo sería señor de Asia; entonces Alejandro sacó la espada y cortó el nudo, comentando: da lo mismo (tanto monta) cortar como desatar.

[8]Fueron estos, en sucesivas etapas, Fray Alonso de Burgos, fray Tomás de Torquemada, fray Hernando de Talavera  y  Cisneros

1 comentario:

  1. En Bogotá hay una avenida llamada las Américas en dode esta enclavado un monumento a la reina Isabel la católica y al almirante Colón. En la constitución política de Colombia el idioma oficial es el castellano.

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